¡Qué
lindos eran los días de verano! Bañada
de sol se alzaba allí una vieja mansión.Ya era
tiempo de sobra para que naciesen los patitos. Al fin los
huevos se abrieron uno tras otro. "¡Pip, pip!",
decían los patitos conforme iban asomando sus cabezas
a través del cascarón. -¡Cuac, cuac! -dijo
la mamá pata. ¡Ah, pero si todavía falta
el más grande! ¿Cuánto tardará
aún? Por fin se rompió el huevo. "¡Pip,
pip!", dijo el pequeño, volcándose del
cascarón. La pata vio lo grande y feo que era, y exclamó:
-¡Dios mío, qué patito tan enorme! No
se parece a ninguno de los otros. Al otro día hizo
un tiempo maravilloso. La mamá pata se acercó
al foso con toda su familia y, ¡plaf!, saltó
al agua. -¡Cuac, cuac! -llamaba.Vamos, vengan conmigo
y déjenme enseñarles el mundo y presentarlos
al corral entero.