Érase
una vez veinticinco soldados de plomo, todos hermanos, porque
habían salido de una vieja cuchara. Rojo y azul era
el bonito uniforme. Se los habían regalado a un niño
por su cumpleaños, y los puso de pie en la mesa.
Cada soldado era el vivo retrato del otro, solo uno era un
poco diferente. No tenía más que una pierna.
En
la mesa en la que se alineaban había un precioso castillo
de papel. Era una maravilla, pero lo más precioso era
una damita que había en la puerta del castillo; era
también de papel recortado, pero llevaba un precioso
traje rojo. La damita extendía los brazos, pues era
una bailarina, y levantaba tanto una pierna que el soldado
de plomo no podía vérsela y creyó que
no tenía más que una, como él.
"He
aquí la que pudiera ser mi esposa, pero es demasiado
distinguida y vive en un castillo, mientras yo vivo sólo
en una caja. ¡No es lugar para ella! Pero voy a intentar
conocerla."