A uno de esos pueblos a los que la gente, por analogía en su pronunciación, llama "terremotos" en vez de remotos, llegó un nuevo maestro para hacerse cargo de la educación de los pocos niños que aún quedaban.
Cuando por fin vio el cartel que mostraba el nombre del pueblo, creyó que se podía dar una explicación real del porqué de la expresión popular. Y es que el camino que subía desde la carretera principal hasta el pueblo, parecía estar originado en el epicentro de uno de esos seísmos que se acercarían al notable en las puntuaciones de un tal Richter.
El cartel, que era de madera y estaba hecho a mano por el carpintero del pueblo, casi se quedaba pequeño para recoger el nombre completo. Era uno de esos topónimos que describen alguna característica de la zona y el nombre de un antiguo posesor de la villa. Su nombre exacto era Otero de Argandenes, haciendo referencia a uno de esos clérigos populares que se adentran en los rincones de la naturaleza para encontrar la paz espiritual, fundando posteriormente la villa.
Era un hombre fuerte y más bien alto, acostumbrado a la vida ruda, pues no en vano había estado por multitud de sitios parecidos. Pronto le informaron que allí tenían un tipo de leche distinta, era efervescente, como si le hubiesen echado una aspirina.
Esto era consecuencia de que las vacas comían la hierba que crecía en un prado que había sufrido una concentración excesiva de aminoácidos.
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si crees que el maestro enferma si crees que el vecino enferma