Una mañana, a eso de las once, cuando ya empiezan a pasar los efectos del desayuno y vuelve a sentirse la sensación de apetito, el maestro, que se llamaba Don Bernardo, comenzó a sentirse raro, revuelto, como si le hubiese venido de repente una bajada de tensión.
No sabía que le estaba pasando pero no quiso alarmar a los niños. En ese momento estaba explicando las clases de palancas y para qué situaciones podían ser útiles, así que les mandó que dibujasen algún tipo de palanca que actuase en el cuerpo humano, y les dio como pista que pensasen en los huesos y músculos que actuaban en el brazo.
Se acercó al baño, que en esas escuelas consistía en un departamento en el interior de la misma clase, y bebió un poco de agua, refrescándose la cara.
Cuando levantó la cabeza y se miró en el espejo, se vio pálido, sudando en frío. En un principio, no le pasó por la cabeza que fuese otra cosa distinta a la gripe o cualquier otro virus que suele aparecer en los cambios de estación.
En los días siguientes, continuó con los mismos síntomas, incluso comenzó a tener ardor de estómago. Así, aunque era reacio a visitar a los médicos, tomó la decisión de acercarse al centro de salud que había en la cabecera del municipio, unos kilómetros más abajo.
El médico no supo darle una explicación científica, podría ser una simple inadaptación de sus defensas a las bacterias del agua, a las que los vecinos del pueblo ya estaban sensibilizados, pero para asegurarse acordó trasladar al problema a un experto que había en la capital.
![]() |
![]() |
si quieres que D. Bernardo denuncie si quieres que D. Bernardo hable con el responsable