LA
TORRE DEL DIABLO
En Estados Unidos, en Wyoming, se propaga hacia
el cielo una extraña montaña volcánica, de forma cilíndrica.
Su altura es de casi 400 metros. Se encuentra en la ruta que une a Monte
Rushmore (donde se hallan esculpidos los rostros de los cuatros presidentes
estadounidenses) con el parque Yellowstone. Allí se filmó
el famoso momento de Encuentros Cercanos donde desciende una nave extraterrestre
con el propósito de entrar en comunicación con la humanidad.
A esta mágica formación rocosa el hombre blanco le dio el
nombre de la Torre del Diablo. Pero los indios que habitaron en la región
de Devil's Tower siempre rechazaron esa denominación, por estimarla
ofensiva. Para los kiowas y los dakotas, el verdadero nombre es La casa
de campo de los osos. La razón de esta expresión se relaciona
con una leyenda que es narrada, aún hoy, por los kiowas y dakotas
del sur de la región de Wyoming.
LA CASA DE
CAMPO DE LOS OSOS
La gente kiowa solía
cruzar la gran pradera. Cuando el cansancio o la necesidad del alimento
lo imponían, los kiowas acampaban. Una vez, el pueblo Kiowa eligió
para descansar un sitio cercano a un bosque. Entre sus árboles,
vivía la gente del oso. Los grandes y fornidos animales tenían
hambre. Y, al oler a los indios, que se encontraban cerca, abandonaron
su territorio de ramas y piedras y salieron en busca de los kiowas.
Lejos del campamento,
siete muchachas, siete hermanas kiowas, recolectaban bayas. Los osos posaron
sus ojos ansiosos sobre ellas. Y, entre gruñidos y zarpazos de garras
afiladas, se avalanzaron sobre las jóvenes. Las muchachas corrieron
con toda su energía. Se adentraron en la vasta, centelleante y herbácea
pradera. ¿Dónde encontrar allí un refugio? ¿Cómo
escapar de los violentos animales hambrientos? Entonces, las fugitivas
hallaron una roca, gris, grande, que emergía de la llanura. Se subieron
a la roca. Pero, acto seguido, los osos también hicieron lo mismo.
Desesperadas, las muchachas
comenzaron a cantar un rezo a la roca, para que ésta las protegiera
de sus agresores. Nadie antes le había cantado a la roca. Y la piedra,
que durante siglos había estado inclinada, se paró y empezó
a crecer y a subir más y más arriba, mientras que las
jóvenes kiowas permanecían paradas sobre ella.
Entonces, los guerreros osos
comenzaron a cantarle a sus dioses. Y los vigorosos animales crecieron
y alcanzaron la misma altura de la piedra que se propagaba hacia lo alto.
Los osos intentaron subir
a la roca, hundiendo sus garras en las paredes ya escarpadas y elevadas
de la piedra. Pero, con sus zarpazos, sólo consiguieron trazar surcos,
que parecían cicatrices, en las laderas de la naciente montaña.
Y la roca creció tanto
que los osos asumieron que ya no podían alcanzar su cima. Entonces,
resignados, emprendieron el regreso hacia sus hogares en el bosque. Mientras
los osos enormes avanzaban sobre la pradera, se iban empequeñeciendo
hasta recuperar su talla habitual.
El pueblo kiowa había
observado todos los extraordinarios acontecimientos. Después de
que los osos se marcharon, repararon en la enorme montaña de paredes
rasgadas. Entonces, algunas voces nacieron entre los kiowas para asegurar
que la extraña montaña, recién aparecida era La casa
de campo de los osos.
Y en la cima de la montaña
rocosa, permanecían las siete hermanas. Los kiowas levantaron su
campamento y se marcharon porque pensaron que las jóvenas habían
sido devoradas por los osos.
Cuando llegó la
noche, los jóvenes le cantaron a las estrellas. Las luces del cielo
nocturno se alegraron por aquella canción. Entonces, descendieron
y recogieron a las siete hermanas. Las mujeres también se convirtieron
en estrellas. Y todas las noches, las jóvenes brillan sobre La Casa
de campo de los Osos. Y entonces le agradecen a la roca que creció
y se hizo montaña para salvarlas de los guerreros osos. (*)
(*) Versión libre de la leyenda por
Esteban Ierardo. |