|
|
|
Mi
abuelo trabajaba en una
funeraria
en Oviedo. Siempre iba a echar gasolina a una gasolinera del
barrio de San
Lázaro y siempre le tocaba el mismo chico.
Cuando iba con el coche propio le echaba gasolina sin problemas pero cuando iba con el furgón de la funeraria no quería echársela y le decía a otro compañero que se la echara. Un día fue con la furgoneta de la funeraria y como siempre le tocó el mismo chico y éste, también como siempre, buscó a otro compañero para que se la echara. Pero resultó que estaban todos ocupados y se estuvo peleando con mi abuelo un buen rato para ver cuál de los dos, si mi abuelo o él llenaban el depósito de gasolina del furgón. Ganó el otro chico y la tuvo que echar mi abuelo. Mientras echaba la gasolina el chico estaba mirando el ataúd que iba en el interior del furgón. Entonces mi abuelo abrió la furgoneta, metió al chico dentro, cerró la puerta con llave y se marchó con él hasta la funeraria. Cuando llegó allí le dejó bajar. Santo remedio desde ese día siempre que iba mi abuelo a por gasolina, ya fuera en su coche o con el de la funeraria, le echaba la gasolina sin protestar.
|
|
|
La Autora |
|
|
|
Esta historia me la contó mi abuelo Joaquín Rodríguez Casal, de 73 años. A mí me pareció muy divertida. Yo soy Ángela María López Rodríguez , de 5º de Primaria. |