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Les voy a contar mi caso. Tal vez les sea útil. Tengo dos hijos, una niña y un varón. Mi mujer es profesora de Biología. Lee mucho y tiene una biblioteca bien dotada. Yo soy especialista en literatura infantil y también leo mucho. En ese mismo hogar, con esos mismos padres, han crecido dos niños. Ella, desde pequeñita, se partía de risa con las retahílas, las nanas, los trabalenguas; escuchó cuentos que le leímos, cada noche, mi mujer y yo. Él, desde pequeñito, también recibió aquella batería literaria cada día y cada noche. Pues bien: ella hoy es una excelente lectora. Conserva los libros de aquella ya distante infancia y no puede desprenderse de ellos.
Él no guarda los libros de la niñez, no le gusta leer. De vez en cuando la emprende con un Cortázar, un Saramago, un Borges. Pero no es un lector consuetudinario. No es un adicto a la lectura, de esos que si no tienen algo para leer comienzan con el síndrome de abstinencia.
Le diré que esto suele ser frecuente. Uno de los hijos se asegura el cariño familiar aceptando el mandato implícito. El otro, en cambio, en un piso donde ya vivían tres personas cuando él llegó, tres lectores y de los buenos, tal vez encontró en la no lectura una forma de mostrarse diferente, distinto, singular. De un modo oscuro dijo no a la lectura que parece adorar esta gente, antiguos habitantes del lugar; sí a la música: hoy le dedica muchas horas diarias a sus guitarras y a componer música.
Es decir: los caminos que conducen a la lectura y aquellos que conducen a otros sitios, tan interesantes y deseables como aquella, no son simples, claros, rectos. ¿Entonces…?
Los padres tenemos la obligación ética de desplegar para nuestros hijos un abanico de opciones. Asirles sus manecitas y llevarles por el sendero de la lectura, de la música, de la plástica… para que ellos cojan lo que les apetezca. Por una razón o por otra.
No podemos ampararnos en posturas conformistas tales como: "¿Qué más da… si haga lo que haga será lector o no, a su aire?"
"¿Y qué me aconseja usted, señor especialista?", tal vez se pregunte.
Desconfíe de sus favoritos en la infancia. Recuerde que era "otra" infancia, "otra" época con "otros" medios de comunicación. Esto no significa que no debamos proponerles a los niños la lectura de los clásicos. Lo que digo es que un clásico a destiempo provoca una resistencia a veces definitiva hacia un texto muy valioso. Piensa en cuántos conciudadanos se han visto privados de El Quijote por estas razones.
Hay una receta única: preste atención a cada uno de sus hijos. Son personas únicas, diferentes de las demás. Tenemos que encontrar sus intereses específicos. Para poder recomendarle, a cada uno, ese libro que le entusiasmará. Escúchelos mientras juegan, converse con ellos, repare en los programas que prefieren en la tele; es decir, descubra sus diferencias. Ellas se le desvelarán bajo la forma de gustos, intereses, apetencias diversas. Este es el acróbata, el inquieto, el deportista; el otro es tierno, enamoradizo, soñador. Aquel es algo tímido, muy reflexivo, gran amante de los juegos de mesa, el otro es un paramédico en ciernes, un líder natural, siempre preocupado por los demás…
Si ha llegado hasta este punto, le diré, que ya tiene medio camino hecho. Ya tiene los elementos como para aconsejar a cada niño un libro diferente.
Tal vez usted me diga: "pero yo no he leído tantos libros infantiles". Acuda al librero y pídale consejos, consúltele a la profesora del niño, no se avergüence de pasar largos ratos hojeando libros para chavales en el súper, busque en los periódicos reseñas… Recuerde siempre que hay un libro específico, para un niño específico, en un momento específico (más o menos esto alguna vez lo dijo Richard Bamberger, un maestro austriaco). A usted, ¿le apasionan las mismas películas que a sus viejos condiscípulos?, ¿le interesan los mismos libros, le atrapan los mismos programas de televisión? ¿Y por qué esto que aceptamos a los 25, a los 35 o a los 45, no lo aceptamos a los cinco años?
¿Y si no atino con sus gustos? Si pensamos en un libro que explique algo que pueda interesar al lector (o al oyente, si de leerle en voz alta se trata), o sea si pensamos verdaderamente en el destinatario, si no atinamos del todo con su gusto, por lo menos no le andaremos tan lejos.
Respuesta de Carlos Silveyra
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La atracción de las nuevas pantallas -televisión, ordenadores, consolas, móviles- ha cambiado por completo la forma de entretenerse niños y jóvenes. El uso moderado de estos aparatos es una actividad muy positiva que aporta diversión, juego y un infinito caudal de información. Pero también conlleva el problema de la adicción, porque cuanto más enganchados estén los jóvenes a las nuevas tecnologías, menos experiencias reales incorporarán a sus vidas. Formar su actitud crítica ante el ocio digital es imprescindible y la mejor defensa para que puedan evitar un ocio manipulador, banal, violento e incluso peligroso.
Le recomendamos la lectura del libro Enganchados a las pantallas. Televisión, videojuegos, internet y móviles, de Paulino Castells e Ignasi de Bofarull. Está publicado en Planeta, colección Planeta prácticos, Barcelona 2002. Este libro, de lectura imprescindible para padres y profesores, abarca el fenómeno en toda su complejidad y, junto a un análisis riguroso de la situación, presenta unos cuadros-resumen con síntesis de las ideas expuestas, normas para el buen uso de la televisión o Internet (los chats, juegos on line) y una clasificación de los videojuegos, cuáles tienen un valor educativo o aquellos que sólo transmiten contravalores.
Un completísimo glosario recoge los términos que conforman todo el entramado de las tecnologías digitales. También se incluye un listado de direcciones de Internet interesantes y una bibliografía especializada.
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Efectivamente, el Manga es un tipo de cómic bastante agresivo, aunque por desgracia, con planteamientos muy habituales en otros medios de expresión mucho mas cotidianos. No obstante, el lector de comics es un lector que conoce códigos, que descifra mensajes que para los adultos resultan crípticos, que establece relaciones entre secuencias argumentales no lineales. En suma, un buen lector en potencia. Si el lenguaje del cómic es su preferido, absurdo será proponer otro tipo de lecturas. La mejor opción es conducir al lector, dentro de esa tipología, hacia propuestas de mayor calidad que, sin duda, desembocarán en otras lecturas, la mayor parte de las veces presentes o sugeridas en esos mismos libros.
Para conocer comics de calidad, le recomendamos que visite la Biblioteca familiar de SOL y realice una
búsqueda completa de la sección familias. Hay que señalar la edad y el género (cómic). |
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