Educación sexual: ¿quién ha de asumirla?

¿Qué necesitan saber nuestros hijos?

La educación en sexualidad no empieza en el momento que nuestros hijos nos plantean sus dudas o cuando nosotros decidimos aprovechar cualquier circunstancia cotidiana para introducir el tema. Empieza mucho antes, en su más tierna infancia, aunque a menudo ni ellos ni nosotros seamos concientes. Nuestras demostraciones de afecto con la pareja, nuestras reacciones ante las escenas sexuales que emiten en la televisión, nuestras conversaciones "de adultos" e incluso nuestra actitud en situaciones tan habituales como una salida familiar a la playa inciden en gran medida en la educación sexual de los chicos y chicas.


Desde que nacen, les estamos dando a nuestros hijos e hijas ciertas pautas de conducta que les influirán durante toda su vida: no es lo mismo que los críos que construyen castillos de arena en la orilla del mar lo hagan desnudos que tapados con un bañador; no crece igual el hijo o la hija de padres que censuran o se muestran incómodos al ver las chicas que toman el sol destapadas que aquellos cuyos progenitores no dan importancia a éste u otros hechos cotidianos. Y por eso es importante que seamos conscientes que con nuestros gestos, nuestras palabras y nuestras actitudes estamos contribuyendo a su educación sexual desde su más temprana edad: hablar de sexo es sólo un paso más de este proceso.


Una de las actitudes típicas de los padres y madres que se encuentran incómodos al hablar de sexo con sus hijos es dar por sentado que, en un mundo en el que los medios de comunicación ofrecen todo tipo de información al alcance de cualquiera, ellos saben tanto o más que nosotros. Este prejuicio desencadena en algunas familias cierto desinterés hacia la cuestión de la sexualidad y la creencia que se trata de un tema sobre el que los jóvenes deben aprender por su cuenta… y riesgo. Nunca mejor dicho, porque una educación sexual deficiente tiene grandes riesgos para los adolescentes.


La mayoría de los psicólogos especializados en sexualidad insisten en una idea básica: educar en este campo no se limita exclusivamente a informar. Hay que ir unos cuantos pasos más allá. La formación sexual que se imparte actualmente en las escuelas suele centrarse en la prevención de las ETS (enfermedades de transmisión sexual) y los embarazos no deseados. Éstos son también los aspectos que más preocupan a los padres, como es lógica y acertado. Pero no es suficiente. Se requiere una atención más global que no se ciña a evitar el riesgo, sino a acompañarles en su proceso de desarrollo sexual y ayudarles a entender los cambios que experimentan en su cuerpo y en su mente.

La sexualidad en la pubertad y adolescencia

La pubertad es la etapa decisiva del proceso de maduración sexual, especialmente por los cambios físicos que se producen durante estas edades, que a la postre influyen en su percepción mental de la sexualidad. Varios estudios indican que más de la mitad de los jóvenes se inician en las relaciones coitales entre los 17 y los 18 años, aunque la tendencia en los últimos años es a la baja: en la actualidad, según las encuestas más recientes, los jóvenes se inician en el sexo a edades cada vez más tempranas.


¿Qué significa esto? En primer lugar, que nuestros hijos e hijas son en estos días un poco más vulnerables a las enfermedades de transmisión sexual, de cuyos peligros no están convenientemente informados. Ante ello, los padres no podemos permanecer impasibles: hay que hablar, hablar y hablar con nuestros hijos, por más que nos incomode a nosotros y les moleste a ellos. No hay mejores consejos que los que ofrezcamos quienes más les conocemos y amamos, en especial en tiempos en que algunos medios de comunicación desinforman y el círculo de amigos íntimos es el núcleo de toma de decisiones más importante para los jóvenes y origen de gran parte de sus pautas de comportamiento. Los padres y las madres tenemos, pues, el reto de buscar un hueco en la intimidad de nuestros hijos e hijas, por su bien y por el nuestro propio.


Si bien resulta conveniente hablar de sexo con nuestros hijos desde el mismo momento en que empiezan a conocer su cuerpo, más importante si cabe es la actitud que mostremos con ellos cuando les llegue la revolución hormonal. Debemos tener muy claro el tipo de orientación sexual que deseamos dar a nuestros hijos y dar las respuestas adecuadas en el momento preciso, ni antes ni después: en ocasiones ocurre que nos adelantamos a sus preguntas creyendo que les hacemos bien, y no es así; y al contrario, a veces tardamos demasiado en informarles de cuestiones de las que probablemente se acabarán enterando por otras vías menos fiables.

Algunos errores comunes: cómo solventarlos

Son numerosas las confusiones que cometemos algunos padres en el proceso de educación sexual a causa de nuestros prejuicios, ya sea por exceso de conservadurismo o todo lo contrario, por pasarse de liberal. El modelo tradicional de educación sexual, heredado de nuestros padres, es hoy bastante inviable. Los jóvenes de hoy se rebelan ante la prohibición. No tienen sentido las antiguas costumbres de asimilar la sexualidad a la reproducción o dar la callada por respuesta porque nuestros hijos tienen toda la información que quieren y más. Y en consecuencia, tampoco tienen cabida leyendas urbanas como las que aseguran que la educación sexual incita a la práctica coital o a pensar durante todo el día en el sexo. Hoy en día, éstas son prácticas contraproducentes que normalmente arrojan resultados opuestos a los pretendidos.


Las propuestas de actuación para el desarrollo psicosexual en el ámbito familiar se basan en una premisa fundamental que es igualmente válida para cualquier otro ámbito educacional: establecer un diálogo sincero, desde la naturalidad y los valores familiares, con el fin de favorecer un clima de confianza, seguridad y respeto.


No hay mejores consejos que los que ofrezcamos quienes más les conocemos y amamos, en especial en tiempos en que algunos medios de comunicación desinforman y el círculo de amigos íntimos es el núcleo de toma de decisiones más importante para los jóvenes.


Sexualidad y afectividad


El despertar sexual es, por encima de todo, un estado anímico que tiene que ver con la experimentación de nuevas emociones. Produce también alteraciones físicas pero fundamentalmente se trata de un cambio afectivo. Los padres debemos ser conscientes de ello, ya que que nuestra conducta cotidiana afecta al desarrollo emocional de nuestros hijos de muchas maneras. El doctor Pedro Barreda indica en la web chilena pediatraldria algunas pautas:


  • La prueba más convincente de que el vínculo de los padres es sobre todo afectivo no se puede expresar con palabras, sino que el niño la percibe cuando surgen espontáneamente demostraciones de afecto entre la pareja.
  • Es bueno explicar a un niño que "lo fueron a buscar" porque su padres se quieren, pero esta explicación no le convencerá lo más mínimo si nota que entre la pareja hay malestar, desamor, distancia afectiva o rechazo.
  • No conviene pecar de exceso de recato o desinhibición: es recomendable que la vida sexual de la pareja se circunscriba al ámbito privado de la habitación conyugal pero tampoco esconderlo de tal manera que parezca un acto pecaminoso.
  • Es muy importante en la vida de familia que cada uno tenga su espacio personal y sus ratos de intimidad: no es recomendable permitir, por ejemplo, que nuestros hijos pequeños se meta en la cama matrimonial siempre que le plazca.
Educación sexual: ¿quién ha de asumirla?