Los padres y madres nos enfrentamos a diario a la difícil tarea de ser responsables de la educación de nuestros hijos y en muchas ocasiones nos sentimos desbordados por los problemas que esta conlleva. Los niños deben tener unas pautas que les marquen el camino que deben seguir y, para ello, los padres y madres debemos establecer estas normas, adaptándolas a cada edad, y ser firmes en su aplicación. Pero, a menudo, debido a nuestras apretadas agendas o por verles demasiado indefensos ante los posibles peligros de la vida, no tenemos un proyecto claro de disciplina y acabamos claudicando ante los hijos. Quizás debamos preguntarnos: ¿les estamos educando o sobreprotegiendo?
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Desde que nacen nuestros hijos, los padres establecemos con ellos un vínculo emocional que nos une de manera especial. Este lazo lo complementamos con la educación que les damos, pero muchas veces lo primero restringe lo segundo, o al revés. Los padres sabemos que sobreproteger no es educar, pero ¿dónde está el límite? La dificultad de establecer este límite entre la educación y la sobreprotección puede presentarse, por un lado, a la hora de darles todo lo que nos piden en compensación por el poco tiempo que pasamos con ellos; por el otro, cuando evitamos que sufran cualquier daño físico o emocional por mínimo que sea.
Como hijos nuestros que son, no solemos soportar que los niños y las niñas se enfaden, lloren o pataleen, ya que pensamos que lo están pasando mal. Pero lo que en realidad debemos entender es que son formas de descarga emocional necesaria en cualquier persona y deberíamos permitir que la expresaran a su modo ya que cuando los niños descubren que no soportamos sus rabietas y sus llantos, los utilizan para conseguir lo que quieren y para saltarse los límites establecidos.
Durante los primeros tiempos de su vida los hijos dependen totalmente de los padres, especialmente de la madre. A medida que crecen y se desarrollan, la necesidad de protección y cuidados va disminuyendo. Pero, si bien es lógico que en los primeros años de vida los hijos permanezcan atados a las faldas de la madre, estas ataduras se deben ir soltando gradualmente hasta que, finalmente, el niño se "independiza" y alcanza el llamado destete psicológico. Pero muchos padres tienden a prolongar la satisfacción que implica el hecho de la dependencia. Cuando prevalece esta tendencia, los padres se convierten en sobreprotectores. ¿Por qué?
Algunos padres se sienten totalmente responsables de lo que les pueda ocurrir a sus hijos y tienen miedo de cualquier actividad que haga el niño, ya sea el simple hecho de ir solos por las calles o por cualquier otra circunstancia, por nimia que resulte. Estos padres tienden a resolver por sus hijos todos los problemas que se les presentan. Otros consideran que la vida ya es demasiado dura para los adultos, así que hacen que esta sea un camino de rosas para sus hijos e intentan evitar que sus hijos experimenten emociones como el miedo, la tristeza, etc. Otra razón fundamental de la sobreprotección tiene que ver con "querer que los hijos nos quieran". Para conseguirlo, actuamos equivocadamente: les compramos demasiadas cosas que no necesitan, tenemos dificultad para decirles "No", nos tomamos como algo personal expresiones que son producto de meras pataletas infantiles: "Eres una mala madre", "Ya no te quiero...", etc. También, a algunos padres y madres que pasan poco tiempo con los hijos, les puede asaltar el sentimiento de culpa y argumentan así un excesivo consentimiento: "En el poco rato que estoy con él, no quiero problemas".
Según Amelia López, presidenta de la Asociación para la Promoción de los Derechos del Niño y la Prevención del Maltrato Infantil (Apremi), algunas de las causas que explican la sobreprotección son el aumento del materialismo, el descenso de la natalidad o la inestabilidad familiar que provoca en familias separadas el intercambio de regalos por afecto. Los expertos indican que todas estas formas de actuar convierten a nuestros hijos en sujetos pasivos, indefensos e inútiles para valerse por sí mismos.
Los padres también debemos emanciparnos, desarrollarnos y potenciarnos a nivel de pareja e individualmente. Pero esto debemos hacerlo antes de que nuestros hijos se vayan de casa. Poco a poco, debemos dejar de preocuparnos tanto por lo que les ocurre a nuestros hijos, sin renunciar a la relación familiar. Conforme los hijos van creciendo, esta tarea se hace más complicada debido a que el niño va adquiriendo destrezas sin tener conocimiento del peligro que puede correr haciendo muchas cosas por su cuenta. Aquí van surgiendo los primeros problemas familiares acerca del control de la independencia de los hijos.
La cuestión no está en educar bien o mal a un hijo. Los padres queremos a nuestros hijos y deseamos su felicidad, pero hay que saber diferenciar si lo que intentamos conseguir es la felicidad del hijo o la nuestra. En este sentido, la sobreprotección hacia nuestros hijos es muchas veces debida a alguna de las siguientes causas:
Hay que saber hasta qué punto un padre puede meterse en la vida de un hijo, averiguar cuándo le debe prestar ayuda y cuándo dejar que sea él solo el que se saque "las castañas del fuego". Es doloroso ver a un hijo en una situación difícil, pero tenemos que comprender que un hijo debe crecer y lograr su autonomía.
Los padres también debemos emanciparnos, desarrollarnos y potenciarnos a nivel de pareja e individualmente sin esperar a que los hijos se vayan de casa.
José Luís Martínez Núñez, psicólogo clínico, explica que existen muchos padres sobreprotectores que sólo generan una gran dependencia de los hijos para con ellos e irresponsabilidades por parte de los niños. "Anteriormente reprendían excesivamente a los niños con comentarios como 'esto es lo que tienes que hacer'. En cambio ahora, los padres se han ido hasta el otro extremo". En los últimos años se ha pasado de la rigidez tremenda hasta ser demasiado condescendientes, y esto sucede porque no se ha encontrado el equilibrio entre ser firmes y a la vez afectuosos.
Las consecuencias de la sobreprotección pueden ser muy negativas. A continuación, reproducimos dos ejemplos reales y cada vez más habituales: