El creciente protagonismo y presencia de los alimentos funcionales
en el mercado ha motivado la realización de estudios acerca
de los beneficios y verdades de estos productos. Asociaciones
de consumidores e instituciones de nutrición mantienen
una actitud crítica respecto a las alegaciones publicitarias
de estos alimentos, así como a su etiquetado, a menudo
ambiguo.
Aunque muy a menudo el consumidor no entienda el significado
exacto de términos como omega-3, bifidus activo
o L casei inmunitas, cada vez más, el carro de
la compra se llena de productos en cuya publicidad aparece algún
tipo de alegación científica. Una de las consecuencias
más visibles de los alimentos funcionales es el aumento
del gasto que supone para sus compradores, ya que el precio de
los alimentos funcionales puede llegar a suponer un incremento
de un 100% respecto sus homólogos sin aditivos.
Según la Confederación Española de Asociaciones
de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios (CEACCU), el 59% de los
eslóganes no se ajusta a la normativa europea ni al reglamento
español de 1999 sobre etiquetado. De este modo, para el
consumidor resulta muy difícil distinguir entre los productos
que realmente se sustentan en una base científica de los
que sólamente la utilizan como reclamo publicitario.